Ayer tuve la tarde más triste del mundo. No quiero hablar de ello, por eso la enterré en la arena y será un secreto entre ella, la Barceloneta y yo.
Para recuperarme, hoy he regalado dos libros. Bueno, uno lo voy a regalar ahora porque Rutilia aún no ha llegado (si os la encontráis de camino no se lo digáis).
A Autonauta le he regalado El libro de la almohada, de Sei Shonagon, porque me encanta. Porque tiene esa belleza inquietante de la que todos hablan pero pocas veces se ve.
Le he dicho que si Sei Shonagon viviera ahora y no en el siglo X, tendría un blog. Que es una manera como cualquier otra de estropear un regalo tan bonito.
Se llama el Libro de la almohada porque los cortesanos escribían una especie de diarios que luego guardaban en el interior de las almohadas de madera.
Tuve un gran problema con ese libro. Leyéndolo me enteré de que Borges no sabía japonés. Lloré por eso, aunque me da vergüenza decirlo. Pero es que para mí era es importante.
El de Rutilia es un libro que se llama Princesas olvidadas o desconocidas, que es lo más parecido a un tesoro. Me ha llamado desde la estantería de La Central, y como siempre me han gustado los libros con iniciativa, lo he comprado. Lo he leído en el metro con la sensación de que estaba leyendo lo más bonito. Me ha gustado la princesa Deletrea de Eritrea y también Tremenduskah, pero más la primera porque Tremenduskah da un poco de miedo.
Rutilia me lo leerá por las noches mientras yo le aprieto la mano. Por mi mano sabe cuando me quedo dormida y puede apagar la luz.
Edito porque: ha llegado Rutilia y yo no he podido aguantarme y le he dicho dónde tenía que mirar para encontrar un libro. Y cuando ha ido a levantar la almohada, resulta que había otro libro: Los perros románticos, de Bolaño. Autonauta lo había dejado ahí para mí.
Joder, que día tan bueno.